CRITERIOS PARA ADMITIR A UN GRUPO O MOVIMIENTO
EN LA DIÓCESIS

INTRODUCCIÓN:
«En las últimas décadas, varias asociaciones laicales y movimientos apostólicos han desarrollado un fuerte protagonismo. Por ello, un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles, contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia» (A 214).

«En estos últimos años, el fenómeno asociativo laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad… se han visto nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos, comunidades, movimientos… podemos hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos... Estas asociaciones se presentan a menudo muy diferenciadas unas de otras en diversos aspectos, como en su configuración externa, en los caminos y métodos educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede encontrar una profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad» (ChL 29).

«Es verdad que los movimientos deben mantener su especificidad, pero dentro de una profunda unidad con la Iglesia particular, no sólo de fe sino de acción. Mientras más se multiplique la riqueza de los carismas, más están llamados los Obispos a ejercer el discernimiento pastoral para favorecer la necesaria integración de los movimientos en la vida diocesana, apreciando la riqueza de su experiencia comunitaria, formativa y misionera. Conviene prestar especial acogida y valoración a aquellos movimientos eclesiales que han pasado ya por el reconocimiento y discernimiento de la Santa Sede, considerados como dones y bienes para la Iglesia universal» (A 313).

MIRANDO LA REALIDAD:

En cada agrupación, uno es el ideal que pretenden, plasmado en sus estatutos e idearios, y otra es la realidad que viven, de acuerdo a la mentalidad imperante, a las actitudes de sus miembros, a su inserción en su Iglesia local, y a su formación y coordinación.


Muchos sacerdotes o laicos miran con desconfianza las asociaciones por ser muy estáticas o porque tienen poca proyección en la vida de la Iglesia local o parroquial. Además a esto contribuyen los comportamientos de sus miembros: mayoría son ancianos y mujeres dedicados solo a rezar, descuidan su formación integral y sus deberes de estado. La mayoría están en crisis porque desconocen su identidad y carisma propio o se han cerrado a la actividad pastoral por miedo a que se disuelvan como asociación.

Por el contrario, ante los problemas del crecimiento de un movimiento, hay problemas nuevos y lo que pasa es que dan miedo los desafíos que plantean y su libertad de acción y esto hace que se sofoquen o que se vea solo lo negativo. Muchas personas que en una agrupación o movimiento han tenido una fuerte experiencia de Dios, sienten que es el único modo de ser Iglesia.

Conocen más sus manuales y las virtudes de su fundador y santo patrón que el Evangelio. Participan mejor en sus actividades que en las actividades parroquiales.


Lo positivo: obre todo los movimientos, han aportado muchos agentes a la pastoral diocesana, enriqueciéndola con su dinamismo y el aporte de su espiritualidad. Organizan acciones masivas de motivación y experiencia cristiana, hacen sentir su entusiasmo. Son la manera de vivir la fe para muchas personas de manera encamada en las necesidades particulares.


Lo negativo: algunos dependen de un centro de coordinación fuera de la diócesis, donde les señalan los procesos a seguir, y tienen problemas para integrarse a la comunidad creando conflictos. Algunos sienten más orgullo en pertenecer a su grupo o movimiento que en vivir la fe cristiana y participar en la Iglesia, reduciendo su experiencia cristiana a lo que le ofrece el movimiento, y a veces sólo aceptando lo emotivo. Piensan que ese movimiento es toda la Iglesia, y descalifican o excluyen a los que no se adhieren a esa expresión de fe. Hay movimientos y asociaciones sin sacerdote asesor, que les proporcione atención espiritual, doctrinal, moral, sacramental, los represente como interlocutor ante el Obispo y los demás organismos, y los integre en las líneas pastorales diocesanas. Algunos cristianos inadaptados o problematizados han hallado refugio en los movimientos, esperando ilusoriamente hallar respuesta mágica a situaciones serias, y eludiendo su compromiso en las tareas que le corresponden. Muchos se quedan en acciones intimistas, de índole individual, o realizan actividades sólo hacia el interior de la Iglesia, y no al amplio campo del mundo, o se reducen a hacer proselitismo para su movimiento, en lugar de formar cristianos para la Iglesia.


Otros ofrecen una fuerte experiencia cristiana al anunciar el kerigma, y de ahí los mandan a la misión, sirviendo en otros momentos fuertes, sin seguir un camino integral de discipulado. A veces el párroco o el Obispo no tienen injerencia para el nombramiento de asesores y coordinadores, para orientación de su vida cristiana y su apostolado, para su integración en la pastoral de la comunidad, o para la transparencia en el manejo de sus recursos. Mientras unos tienen responsables vitalicios que crean caudillismos personales y hacen que se acabe todo al terminar, otros están cambiando continuamente de directivos sin poder asegurar continuidad en sus procesos.

 EL DERECHO DE ASOCIACIÓN
EN LA IGLESIA:

«Los fieles tienen derecho, mediante un acuerdo privado entre ellos, a constituir asociaciones... Esas asociaciones se llaman privadas aunque hayan sido alabadas o recomendadas por la autoridad eclesiástica. No se admite en la Iglesia ninguna asociación privada si sus estatutos no han sido revisados por la autoridad competente» (CIC 299).

Buscan «fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras obras de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de las obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal » (CIC 298).

CRITERIOS DE ECLESIALÍDAD:

 En síntesis: que promuevan la santidad; profesen la fe católica; estén en comunión con el Papa y el Obispo y las varias formas de apostolado; colaboren en la evangelización; tengan presencia en la sociedad; den frutos concretos para la transformación del mundo.

TIPOS DE AGRUPACIÓN:

«Junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas con fisonomías y finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial; y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado» (ChL 29).

Nuestros Planes diocesanos de Pastoral han distinguido tres especies de organismos eclesiales laicales: Grupos, Asociaciones y Movimientos. Una descripción de cada especie se halla en el III Plan. Pero podemos, en general, afirmar que las Asociaciones son las formas tradicionales de asociación (confraternidades piadosas, terceras órdenes, cofradías, sodalicios, y otras); los Grupos son las formas nuevas de asociación (para acción social o apostólica, con cierta estructura). Aparte trataremos los Movimientos, por su dinamismo.

1. Asociaciones:
«Las Asociaciones son conjuntos de personas que comparten fines y compromisos establecidos en Estatutos que determinan con precisión su naturaleza, autoridad, derechos y obligaciones. Se adhieren a ellos formalmente, en base a las normas establecidas» (III PDP 1681).
«Entre ellas se encuentran: Adoración Nocturna Mexicana, Orden Franciscana Seglar, Orden Seglar del Carmelo Descalzo, Archi-hermandad de las Cofradías de Nuestra Señora del Refugio, Vela Perpetua del Santísimo Sacramento, Apostolado de la Oración, Sociedades de San José, Cofradía del Sagrado Corazón y del Rosario Perpetuo, Juventudes Marianas (Hijas de María), Talleres de oración y vida» (1682). Podríamos añadir hoy: Llama de Amor, Divina Misericordia, Divina Voluntad.

2. Grupos:
«Son agrupaciones laicales más independientes en cuanto a su configuración, fines, estructuras y actividades, por lo cual tendencialmente se diferencian unos de otros. Su punto de referencia no son unos estatutos ni una doctrina, sino una figura o un valor idéntico. La colectividad de personas que lo componen es relativamente restringida como número; con relaciones frecuentes cara a cara, y profundos sentimientos de solidaridad y adhesión total a valores comunes que constituyen una cultura de grupo. Tienen como finalidad la promoción humana, la asistencia social y la formación para el servicio al pueblo y la renovación de la sociedad» (1685).
«Entre ellos están: las Conferencias de San Vicente, los Voluntariados de Cáritas; la Asociación Nacional de Obreros Guadalupanos; los Caballeros de Colón (Colombinas de María, Escuderos de Colón, Damas Isabelinas); la Agrupación de Esposas Cristianas; el Grupo Naím; los grupos catequísticos y misioneros y los grupos d adolescentes y jóvenes» (1686). Hoy añadiríamos: ANSPAC, Asociaciones de Padres de Familia, Amigos del Seminario, Cooperativas, Mutuales, Grupos de Billings, Empresarios Católicos, Cortes de honor, círculos bíblicos y grupos de Lectio divina, círculos de novios y vocacionales, y otros.

3. Movimientos:
«Los Movimientos son conjuntos de personas que se mueven en una dirección como corriente de opinión, dinamismo, fuerza de comunión y participación, para difundir determinados valores y responder a determinados problemas, como fermento en la masa, para poner a toda la comunidad en movimiento. Mucho más que en unos estatutos, se reconocen en una praxis, que tiende a forjar una espiritualidad peculiar muy definida. Tienen un lenguaje común y constituyen una especie de hermandad » (1683).

«Organizaciones laicales que pretenden dinamizar la vida de la Iglesia, en las cuales lo más importante es la fuerza que generan, no tantoagrupaciones bien definidas» (518c).

«Entre ellos encontramos: la Acción Católica (UCM, UFCM, JCFM, ACJM, ACAN); Cursillos de Cristiandad; Renovación Cristiana en el Espíritu Santo; Jornadas de Vida Cristiana; Encuentros Matrimoniales; Movimiento Familiar Cristiano y Encuentros Conyugales; Barrios Unidos en Cristo; Pandillas Cristianas de Amistad; Pascuas; Legión de María; camino neocatecumenal; Escuela de la Cruz; Obras misionales pontificio-episcopales; Comunidades de Vida (Congregaciones Marianas)» (1684). Hoy añadiríamos: Encuentros Misioneros.

¿QUÉ ES UN MOVIMIENTO?
Un movimiento es un conjunto de personas y acciones que se mueven con fuerza en una dirección, como corriente de opinión, fuerza de participación, dinamismo, espíritu de comunión vital, sin los controles de un grupo o de una asociación. Su finalidad es difundir determinados valores o ideas generadoras de acción, y responder a determinados problemas específicos de la comunidad.

Su fuerza no es el grupo, sino su vitalidad, la vivencia de un ideal, que contagia a través de un método que toma en cuenta a toda la persona. Se trata de poner en movimiento al conjunto, ser fermento en la masa, dinamizar la comunidad.


No busca, pues, formar grupos aparte, ni una organización poderosa paralela. Pretende que el movimiento que genera se convierta en la Iglesia en movimiento. Sólo tiene un grupo promotor, tan consistente según el movimiento que pretenden generar.

Es un espacio abierto y un contexto para el trabajo eclesial del laico; es una óptica y un enfoque, que se traduce en modalidades e iniciativas sectoriales.

«Lo único organizado es un grupo promotor más o menos consistente según el dinamismo o movimiento que pretende generar en el conjunto.
El horizonte de este grupo promotor no es el engrandecimiento de este grupo, sino el movimiento a crear. El horizonte del movimiento no es el movimiento, sino la misión a realizar a favor del pueblo y la renovación de la sociedad» (Juan Capelaro).

¿QUÉ ES UN MOVIMIENTO ECLESIAL?

«Los nuevos movimientos y comunidades son un don del Espíritu Santo para la Iglesia. En ellos los fieles encuentran la posibilidad de formarse cristianamente, crecer y comprometerse apostólicamente hasta ser verdaderos discípulos misioneros. Así ejercitan el derecho natural y bautismal de libre asociación, según lo señaló el Concilio Vaticano II y lo confirma el Código de Derecho Canónico» (A 311).


 Responden a dones y carismas peculiares del Espíritu para el servicio de la comunidad en determinado momento histórico. No son una comunidad o nivel de Iglesia, pues no cubren todas las dimensiones de la Iglesia.

Atienden algún problema específico de la gente, por razón de trabajo (campesinos, obreros, empresarios, estudiantes, profesionistas), de edad (niños, adolescentes, jóvenes, adultos), de compromiso social (político, económico, sindical, cultural) o situacional (enfermos, presos, ancianos, niños de calle, drogadictos, discapacitados).

Su finalidad es la difusión y promoción de determinados valores o corrientes de espiritualidad para la vida, que llevan a acciones y forman grupos (de oración, reflexión, intercambio, escucha, apoyo, promoción humana, asistencia social).

«Los movimientos y nuevas comunidades constituyen un valioso aporte en la realización de la Iglesia particular. Por su misma naturaleza expresan la dimensión carismática de la Iglesia: en la Iglesia no hay contraste o contraposición entre la dimensión institucional y la dimensión carismática, de la cual los movimientos son una expresión significativa, porque ambos son igualmente esenciales para la constitución divina del pueblo de Dios.

En la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia, constatamos que, en el mundo moderno, debemos responder a nuevas situaciones y necesidades de la vida cristiana.

En este contexto, también los movimientos y nuevas comunidades son una oportunidad para que muchas personas alejadas puedan tener una experiencia de encuentro vital con Jesucristo y, así, recuperen su identidad bautismal y su activa participación en la vida de la Iglesia. En ellos podemos ver la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu» (A 312).

Principales características:

1. Son comunidades carismáticas: no se identifican con una sola vocación en la Iglesia, o una sola necesidad, un ámbito de evangelización o acción social, sino con la propuesta de una espiritualidad revitalizada, desde un aspecto determinado de la experiencia cristiana, que ofrece una síntesis vital de toda la existencia cristiana.

2. Principalmente laicales: nacen y se desarrollan con una impronta laical y especial protagonismo de los laicos; ayudan a superar el clericalismo en la Iglesia. Es un espacio abierto donde los laicos son sujetos, interlocutores, destinatarios y agentes, en una maduración progresiva, que responde a sus necesidades e impulsa sus valores.

3. No están ligados a una única comunidad, sino universales y misioneros: se expanden por todos lados, llegan hasta ambientes difíciles y secularizados, y los medios modernos de comunicación, cultura, investigación, administración y relaciones.

4. Intensa experiencia de comunión: revive la experiencia de las primeras comunidades, en la unión, acogida, comprensión, familiaridad, ayuda mutua, servicio, solidaridad.

5. Una escuela de vida: ofrece un itinerario, una educación en la fe, una escuela de formación basada en el testimonio de fe, conversión y vida de sus miembros, una forma hecha de palabras y rostros concretos que sostiene a la persona en la memoria de Cristo para expresarla en su vida familiar y social.

6. Capacidad de expresión de la totalidad: aunque en una Iglesia local, experimentan la universalidad de la Iglesia, sin teorías, abstracciones ni distancias afectivas.

7. No constituyen un nivel de Iglesia, sino se integran en los diferentes niveles de Iglesia para dinamizarla aportando sus dones y carismas propios. Es tarea de todos los cristianos fortalecer los niveles de Iglesia, que son la columna vertebral de la acción pastoral. Si no ayudan a la creación de la comunidad, dividen y estorban.

8. Su motor es la caridad, cuyo horizonte es dar la vida, como personas y como grupo, a semejanza de Jesús, para que acontezca la salvación. Su ubicación es el Cuerpo místico de Cristo, del cual son una parte; cada parte no pretende ser el cuerpo entero, sino lo está edificando con su función.

ACEPTACIÓN DE NUEVOS ORGANISMOS
ECLESIALES:

«Como respuesta a las situaciones de secularismo, ateísmo e indiferencia religiosa, y como fruto de la aspiración y necesidad de lo religioso, en Espíritu Santo ha impulsado el nacimiento de movimientos y asociaciones de laicos que han producido ya muchos frutos en nuestras Iglesias.


«Los movimientos dan importancia fundamental a la Palabra de Dios, la  acción en común y la atención especial a la acción del Espíritu. Hay casos también en que, a la experiencia de una fe compartida, sigue siempre una necesidad de comunicación cristiana de bienes, primer paso para una solidaridad.


«Las asociaciones de apostolado son legítimas y necesarias; siguiendo la orientación del Concilio, se reconoce un lugar especial a la pastoral orgánica por su vinculación profunda a la Iglesia particular.


«Ante los riesgos de algunos movimientos y asociaciones que pueden llegar a cerrarse sobre sí mismos, es particularmente urgente tener en cuenta los criterios de eclesialidad. Es necesario acompañar a los movimientos en un proceso de inculturación más definido y alentar la formación de los movimientos con una mayor impronta latinoamericana.


«La Iglesia espera mucho de todos aquellos laicos que, con entusiasmo y eficacia evangélica, operan a través de los nuevos movimientos apostólicos, que han de estar coordinados en la pastoral de conjunto y que responden a la necesidad de una mayor presencia de la fe en la vida social» (SD 102).


«Cuando se integran con humildad en la vida de las Iglesias locales y son acogidos cordialmente por los obispos y los sacerdotes en las estructuras diocesanas y parroquiales, los movimientos representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana» (RM 72).


De estos textos brotan los principales criterios para la aceptación de un nuevo Movimiento en la diócesis.

CRITERIOS PARA SU ACEPTACIÓN
COMO ORGANISMO LAICAL ECLESIAL
PÚBLICO:

Para los Movimientos:
1.Que se sienta movimiento, y no organización; es decir, que trate de mover a toda la categoría correspondiente de personas y en función del camino por realizar, no en función de sí mismos.

2. Que inyecte espíritu e infunda sentido al actual ambiente humano. El mundo necesita ser recristianizado. El progreso ha aportado una desilusión existencial. La Iglesia necesita salir para fermentar de Evangelio todos los ambientes. Los movimientos son una respuesta suscitada por el Espíritu Santo para responder al vacío de sentido que sufre el mundo.

3. Que respondan a una necesidad concreta en el nivel de Iglesia en el cual se ubican, en un proceso participativo que involucre a todos los interesados, coordinado desde la autoridad en dicho nivel. El criterio es que pongan en movimiento a toda esa categoría humana. Sólo se acepta un movimiento nuevo si lo pide la coordinación de un nivel de Iglesia, para un servicio subsidiario concreto ante una necesidad, conforme a un plan de acción a largo plazo.

4. El inicio de cualquier movimiento depende de la respuesta posible a una urgencia que revele el diagnóstico, y de las posibilidades con que cuentan las comunidades, pues si ya cuentan con algo es mejor que se consolide y no se dupliquen.

5. Firmen un convenio en el cual pongan los medios para superar el riesgo de cerrarse en sí mismos, organizarse en función de sus intereses, crear una organización paralela a la Iglesia, ser gueto separado e influyente en vez de fermento en la masa. Acepten ser débiles, necesitados de los demás,

6. Cada movimiento resalta y asume de modo nuevo algo de lo que sucede en la Iglesia. Debe participar en la vida de la comunidad sin títulos de nobleza ni protagonismos honoríficos. Ofrece su aportación específica propia, pero según los objetivos y criterios que la pastoral diocesana ha elaborado en contacto con la realidad que debe evangelizar. Renuncia a presentarse con directivas o consignas especiales inspiradas directamente por el Espíritu Santo, o a escudarse en que pertenecen a la Iglesia universal pasando sobre la organización diocesana.

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